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María Ayala.



Sábado de Gloria, caluroso como cualquier sábado de la infernal canícula. Pero no estoy haciendo malabares ni luchando afanosamente con el teclado tratando de atinar las letras sin romperme una uña para detallar el estado del tiempo. Así que me ié al grano.
Ayer madrugué a eso de las 10 de la mañana, ya que el Gordo se lució trayéndome el desayuno a la cama tarareando alegremente esa tonadita tan placentera que tocan en son de marcha en las bodas cuando van a servir el “amenishe”: tararara ra ra ra rarara. “Tacos de rajas con queso que te gustan tanto, Gordita” dijo el susodicho desbordado de alegría. Tragué saliva al tiempo que me acomodaba los pocos pelos de mi cabeza, esbozando mi característica sonrisa enrollando la lengua para no hablar de más y pelando el diente para disimular mis mentadas de madre silenciosas como cuando algo me disgusta y no puedo (o no debo) aflorarlo, en este caso, por no comprender cómo es posible que en cuarenta años el hombre no me conozca, ya que las rajas con queso nunca han sido santo de mi devoción.
Conté hasta diez mentalmente a ritmo pausado, me acomodé y luego de darle las más efusivas gracias al Gordo, mote que le impuse por venganza, ya que el muy maldito está tan delgado que por más conjuros que le hago para que se me iguale en kilos (pues en estatura está cabrón), yo aumento dos, voy cayendo en cuenta que el famoso boomerang del que hablan los metafísicos ya se regresó dándome duro y macizo. Me dispuse a embutirme las dichosas rajas: —rajas, María, si dices una A fuera de lugar—, me dije con severa firmeza haciendo un esfuerzo sobrehumano para tragarme el bocado que para colmo estaba acedo (…)
Me levanté con singular regocijo a enterarme de las novedades en mi Facebook y de paso deshacerme del mal sabor de boca. Mi Gordito había tenido la gentil atención de llevarme el desayuno a la cama y dejar limpia mi cocina, y eso era lo importante, ya que no suele ser detallista, así que me propuse olvidar el descuido y pasarme un sábado de Gloria como en la Gloria, pero...
Vía Internet me enteré de las noticias más relevantes: Encuentran más cuerpos en Durango, muere otro inocente en tiroteo, las carreteras del País han sido tomadas por el crimen organizado sembrando el terror en la sociedad, en la carretera de San Fernando-Cd. Victoria son asaltados y secuestrados los pasajeros que viajan en autobús...Viacrucis por doquier (como si Jesús todavía padeciera su tormento…caray, ¿para qué recordárselo tanto?). Accidentes viales fatales y las consecuentes informaciones sobre los desmanes que a diario nos ofrecen esos pelafustanes sin madre a quienes conocemos como delincuencia "organizada". Yo me pregunto: ¿ cuándo rayos nos vamos a decidir ya no nombrarlos “organizados” a ver si decretándoles a diario con el antónimo quien quite y ¡zaz!, se vuelvan desorganizados y se los lleve la huyesuda a todos, y regrese la paz tan añorada a nuetro País.
Qué lejos quedaron aquellos tiempos en que con una llamada se armaba una reunión informal “de traje” con familia o amigos para ver el fut bol o simplemente juntarse a botanear hasta en la madrugada sin el miedo del regreso a casa; ahora si bien nos va, nos vemos de día pero antes twitteamos para ver cómo están las cosas, o definitivamente preferimos no salir por el temor de quedar en medio de un fuego cruzado, ser víctimas de un “levantón secuestro”, de un asalto o bien nos “confundan” con sicarios y nos maten con saña desfigurándonos con cuarenta detonaciones directo a la cabeza. Pero no para ahí la cosa, el colmo sería tratar de engañar a la sociedad (tachándola de pendeja) de tu mal vivir asegurando que encontraron una arma en tu auto para que les otorguen a los ineptos, medallas “al mérito” (de su estupidez) por haber eliminado a uno más y tu nombre manchado para la eternidad. O sea que de nada te sirvió portarte bien durante toda tu vida, ser buen(a) hijo (a) o un(a) buen(a) ciudadano(a), trabajar duro para obtener un patrimonio, no tener antecedentes penales, formar buenos hijos para un México mejor, respetar las leyes, ni una tiznada, si al final quedas como un(a) vulgar sicario(a) y la gente estúpida que sin indagar más se alegra por tu muerte: “un puto más que se lleva la chingada, festejaré eso” leí por ahí luego de dar la noticia del joven que asesinaron POR ERROR las fuerzas “DE APOYO” y le sembraron una arma para lavarse las manos.Todo esto por supuesto mientras nuestros gobernantes y sus hijos disfrutan de sus reuniones en Texas, fuertemente custodiados hasta para ir a orinar o buscar huevitos de Pascua en sus flamantes jardines ante la risa y la tranquilidad de sus padres. Entre tanto otros no encuentran consuelo por el asesinato cruel de su hijo (joven de buenos principios morales, trabajador que comenzaba a forjar sueños al lado de su recién esposa), perpetrado "por error" en el trayecto a su trabajo y quedar tachado ante la sociedad como un delincuente más...o menos.
Hoy no habrá huevitos escondidos en nuestros jardines, hoy nuestros hijos y nietos se quedarán con las ganas de salir a llenar sus canastas como en tiempos pasados. Hoy, los que no tienen jardin no irán a un parque público a disfrutar La Pascua, no vaya a ser la de malas que en lugar de huevos encuentren granadas...
María Ayala

Hay hendiduras...en la mayoría de mi casa hay hendiduras; yo me siento frente a ellas, cierro los ojos, me interno en ellas, es como internarme dentro de mí, ¿seré tan oscura, tan dura como una pared? —me pregunto— no lo creo lo que más bien creo es que creo que mi vida ha sido tan real como una vieja pared que tiene grietas como heridas, y tan irreal que me las ingenié para abrir en ella ventanas hacia el cielo y puertas al infinito, si no fuera por esto, la verdadera realidad me habría devorado hasta las uñas; hay paredes que por más que se resanen, el tiempo termina volviéndolas a abrir, los asentamientos de la tierra contribuyen, así mismo la rutina que me sacude —dejándome más empolvada—, remueve mi pasado, perturbando mi presente, estancando mi futuro agrietándome más heridas y lo que no me llena, termina vaciándome...
Fui aislada, siempre lo he sido, aislada como Juan Salvador Gaviota en sus sueños de altura; sólo me hacía acompañar por mis muñecos, fieles porque no hablaban, aunque debo confesar que no todo silencio es fiel, hay silencios que guardan infidelidades, infidelidades que matan o dan vida. Mis muñecos sabían callar y sabían más de mí que ningún mortal; mis pensamientos, mi forma de ser, no encajaban ni con mis padres ni con mis hermanos — ¡ni con nadie!— les gritaba... a veces me asaltaba la idea de ser sola en el mundo, pero la soledad es cabrona; nadie en mi casa imaginaba mis sueños, (mis sueños de pianista y escritora) sólo me miraban con desconcierto cuando sonreía sumergida en el paraíso de mi fantasía.
—Parece que estás en la luna —me decía mi madre al verme como ida.
— ¡No estoy en la luna! estoy en el sol y no te invité, ¡vete! no invité a nadie, el sol es mío sólo mío.
Soñaba que tenía alas como de ángel — ¿no seré en realidad un ángel, que me porté muy mal y me descielaron? quién lo sabe— desde las alturas podía contemplar el mundo, mi mundo pequeño como un granito de mostaza y así era mi fe por eso creía que movería montañas, pero la realidad era que la montaña de frustraciones estaba demasiado adherida a la tierra de mis imposibles tanto que hasta parecía irrealidad...
Eran las 9 menos veinte —qué manera tan pendeja de decir la hora—. Los pupitres comenzaron a llenarse de libros y de traseros infantiles; al frente, el “respetable” maestro de 5º grado —hijo de su puta madre— se parecía al gato de Alicia, yo quería que fuera tan invisible como él y que sólo se vieran sus dientes blancos como la espuma para rompérselos y convertirme en heroína, en la primera en desaparecer a un maldito invisible hijo de puta. Regurgité el desayuno nomás de verlo ahí parado como todo un dios, con su sonrisa cínica fraguando el plan que fraguaba todos los días en su encebada cabeza. Su voz parecía amable pero él no lo era, no era ni una pizca de amable era un perverso de mente retorcida.
A las nueve menos veinte —repito— Se sentó en su silla de dios como todos los días; abrió el libro tan temido (lista de presentes para revisión de tareas). Nombró mi nombre comenzando por mi apellido —para mi jodido colmo mi apellido comienza con A así que siempre era la primera—. Me acerqué y me ordenó que fuera a su lado, en cuanto me paré a su lado tras el escritorio que le servía de tapadera —entre otras cosas— sus manos se entremetían en mis piernas de niña, ¡de niña sí! sentía náusea, estuve a punto de vomitar, ese y todos los días. El cabrón olía a brillantina barata y a eso le olían las manos (con ese olor me desperté por muchas noches queriendo gritar con mil preguntas en mi cabeza que nadie me podía responder porque nadie sabía mi pesadilla y nunca supe cómo contarla ni a quién., me daba vergüenza)… (hago otro paréntesis porque quiero decir que los paréntesis suelen sacarme de la concentración en una lectura pero me gustan, son como naves en el espacio sideral de las ideas, los paréntesis viajan sobre una línea y de repente se desvían invadiendo por necesidad, por mera necesidad, otra línea para darle al otro pensamiento la oportunidad de plasmar también, así son los paréntesis). A brillantina barata le olían las manos —vuelvo a decir—, las mismas manos que querían llegar más arriba de mí pero nunca las dejé, conforme subían yo iba apretando las piernas como una llave de presión mientras le mentaba la madre con mis ojos, ojos que hablaban dagas queriendo sollozar preguntas. Abusivo de mi vulnerabilidad, yo era tan indefensa como un pájaro en las fauces de un gato salvaje.
Cada día me llevaba en retrospectiva no había avance en mi confundida cabeza siempre fue lo mismo: ¿Se creería que yo era pupila? líbreme Dios, ni de la de sus saltones y horrendos ojos, < ¡ni puta, ni madres! faltaba más> —pensaba— debió haber nacido sin manos para que lo tiraran a la basura.
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